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Capítulos del 25 - 32

CAPÍTULO 25 


DEL MATRIMONIO 


1. El matrimonio ha de ser entre un hombre y una mujer; no es lícito para ningún hombre tener más de una esposa, ni para ninguna mujer tener más de un marido.1 

1 Gn. 2:24 con Mt. 19:5, 6; 1 Ti. 3:2; Tit. 1:6 


2. El matrimonio fue instituido para la mutua ayuda de esposo y esposa;1 para multiplicar el género humano por medio de una descendencia legítima2 y para evitar la impureza.3 

1 Gn. 2:18; Pr. 2:17; Mal. 2:14
2 Gn. 1:28; Sal. 127:3–5; 128:3, 4 3 1 Co. 7:2, 9 


3. Pueden casarse lícitamente toda clase de personas capaces de dar su consentimiento en su sano juicio;1 sin embargo, es deber de los cristianos casarse en el Señor. Y, por tanto, los que profesan la verdadera fe no deben casarse con incrédulos o idólatras; ni deben los que son piadosos unirse en yugo desigual, casándose con los que sean malvados en sus vidas o que sostengan herejías condenables.2 

1 1 Co. 7:39; 2 Co. 6:14; He. 13:4; 1 Ti. 4:3 2 1 Co. 7:39; 2 Co. 6:14 


4. El matrimonio no debe contraerse dentro de los grados de consanguinidad o afinidad prohibidos en la Palabra, ni pueden tales matrimonios incestuosos legalizarse jamás por ninguna ley humana, ni por el consentimiento de las partes, de tal manera que esas personas puedan vivir juntas como marido y mujer.1  

1 Lv. 18:6–18; Am. 2:7; Mr. 6:18; 1 Co. 5:1


CAPÍTULO 26 


DE LA IGLESIA 


1. La Iglesia católica o universal,1 que (con respecto a la obra interna del Espíritu y la verdad de la gracia) puede llamarse invisible, se compone del número completo de los elegidos que han sido, son o serán reunidos en uno bajo Cristo, su cabeza; y es la esposa, el cuerpo, la plenitud de aquel que llena todo en todos.2 

1 Mt. 16:18; 1 Co. 12:28; Ef. 1:22; 4:11–15; 5:23–25, 27, 29, 32; col. 1:18, 24; He. 12:23 2 Ef. 1:22; 4:11–15; 5:23–25, 27, 29, 32; Col. 1:18, 24; Ap. 21:9–14 


2. Todas las personas en todo el mundo que profesan la fe del evangelio y obediencia a Dios por Cristo conforme al mismo, que no destruyan su propia profesión mediante errores fundamentales o conductas impías, son y pueden ser llamados santos visibles;1 y de tales personas todas las congregaciones locales deben estar compuestas.2 

1 1 Co. 1:2; Ro. 1:7, 8; Hch. 11:26; Mt. 16:18; 28:15–20; 1 Co. 5:1–9 2 Mt. 18:15–20; Hch. 2:37–42; 4:4; Ro. 1:7; 1 Co. 5:1–9 


3. Las iglesias más puras bajo el cielo están sujetas a la impureza y al error,1 y algunas han degenerado tanto que han llegado a ser no iglesias de Cristo sino sinagogas de Satanás.2 Sin embargo, Cristo siempre ha tenido y siempre tendrá un reino en este mundo, hasta el fin del mismo, compuesto de aquellos que creen en él y profesan su nombre.3 

1 1 Co. 1:11; 5:1; 6:6; 11:17–19; 3 Jn. 9, 10; Ap. 2 y 3
2 Ap. 2:5 con 1:20; 1 Ti. 3:14, 15; Ap. 18:2
3 Mt. 16:18; 24:14; 28:20; Mr. 4:30–32; Sal. 72:16–18; 102:28; Is. 9:6, 7; Ap. 12:17; 20:7–9 


4. La Cabeza de la Iglesia es el Señor Jesucristo, en quien, por el designio del Padre, todo el poder requerido para el llamamiento, el establecimiento, el orden o el gobierno de la Iglesia, está suprema y soberanamente investido.1 No puede el papa de Roma ser cabeza de ella en ningún sentido, sino que él es aquel anticristo, aquel hombre de pecado e hijo de perdición, que se ensalza en la Iglesia contra Cristo y contra todo lo que se llama Dios, a quien el Señor destruirá con el resplandor de su venida.2 

1 Col. 1:18; Ef. 4:11–16; 1:20–23; 5:23–32; 1 Co. 12:27, 28; Jn. 17:1–3; Mt. 28:18–20; Hch. 5:31; Jn. 10:14–16
2 2 Ts. 2:2–9 


5. En el ejercicio de este poder que le ha sido confiado, el Señor Jesús, a través del ministerio de su Palabra y por su Espíritu, llama a sí mismo del mundo a aquellos que le han sido dados por su Padre1 para que anden delante de él en todos los caminos de la obediencia que él les prescribe en su 

Palabra.2 A los así llamados, él les ordena andar juntos en congregaciones concretas, o iglesias, para su edificación mutua y la debida observancia del culto público, que él requiere de ellos en el mundo.3 

1 Jn. 10:16, 23; 12:32; 17:2; Hch. 5:31, 32
2 Mt. 28:20
3 Mt. 18:15–20; Hch. 14:21–23; Tit. 1:5; 1 Ti. 1:3; 3:14–16; 5:17–22 


6. Los miembros de estas iglesias son santos por su llamamiento, y en una forma visible manifiestan y evidencian (por su profesión de fe y su conducta) su obediencia al llamamiento de Cristo;1 y voluntariamente acuerdan andar juntos, conforme al designio de Cristo, dándose a sí mismos al Señor y mutuamente, por la voluntad de Dios, profesando sujeción a los preceptos del evangelio.2 

1 Mt. 28:18–20; Hch. 14:22, 23; Ro. 1:7; 1 Co. 1:2 con los vv. 13–17; 1 Ts. 1:1 con los vv. 2–10; Hch. 2:37–42; 4:4; 5:13, 14
2 Hch. 2:41, 42; 5:13, 14; 2 Co. 9:13 


7. A cada una de estas iglesias así reunidas, el Señor, conforme a su mente declarada en su Palabra, ha dado todo el poder y autoridad en cualquier sentido necesarios para realizar ese orden en la adoración y en la disciplina que él ha instituido para que lo guarden; juntamente con mandatos y reglas para el ejercicio propio y correcto y la ejecución del mencionado poder.1 

1 Mt. 18:17–20; 1 Co. 5:4, 5, 13; 2 Co. 2:6–8 


8. Una iglesia local, reunida y completamente organizada de acuerdo a la mente de Cristo, está compuesta por oficiales y miembros; y los oficiales designados por Cristo para ser escogidos y apartados por la iglesia (así llamada y reunida), para la particular administración de las ordenanzas y el ejercicio del poder o el deber, que él les confía o al que les llama, para que continúen hasta el fin del mundo, son los obispos o ancianos, y los diáconos.1 

1 Fil. 1:1; 1 Ti. 3:1–13; Hch. 20:17, 28; Tit. 1:5–7; 1 P. 5:2 


9. La manera designada por Cristo para el llamamiento de cualquier persona que ha sido cualificada y dotada por el Espíritu Santo1 para el oficio de obispo o anciano en una iglesia, es que sea escogido para el mismo por común sufragio de la iglesia misma,2 y solemnemente apartado mediante ayuno y oración con la imposición de manos de los ancianos de la iglesia, si es que hay algunos constituidos anteriormente en ella;3 y para un diácono, que sea escogido por el mismo sufragio y apartado mediante oración y la misma imposición de manos.4 

1 Ef. 4:11; 1 Ti. 3:1–13
2 Hch. 6:1–7; 14:23 con Mt. 18:17–20; 1 Co. 5:1–13 3 1 Ti. 4:14; 5:22
4 Hch. 6:1–7  


10. Siendo la obra de los pastores atender constantemente al servicio de Cristo, en sus iglesias, en el ministerio de la Palabra y la oración, velando por sus almas, como aquellos que han de dar cuenta a él,1 es la responsabilidad de las iglesias a las que ellos ministran darles no solamente todo el respeto debido, sino compartir también con ellos todas sus cosas buenas, según sus posibilidades,2 de manera que tengan una provisión adecuada, sin que tengan que enredarse en actividades seculares,3 y puedan también practicar la hospitalidad hacia los demás.4 Esto lo requiere la ley de la naturaleza y el mandato expreso de Nuestro Señor Jesús, quien ha ordenado que los que predican el evangelio vivan del evangelio.5 

1 Hch. 6:4; 1 Ti. 3:2; 5:17; He. 13:17 2 1 Ti. 5:17, 18; 1 Co. 9:14; Gá. 6:6, 7 3 2 Ti. 2:4
4 1 Ti. 3:2
5 1 Co. 9:6–14; 1 Ti. 5:18 


11. Aunque sea la responsabilidad de los obispos o pastores de las iglesias, según su oficio, estar constantemente dedicados a la predicación de la Palabra, sin embargo la obra de predicar la Palabra no está tan particularmente limitada a ellos, sino que otros también dotados y cualificados por el Espíritu Santo para ello y aprobados y llamados por la iglesia, pueden y deben desempeñarla.1 

1 Hch. 8:5; 11:19–21; 1 P. 4:10, 11 


12. Todos los creyentes están obligados a unirse a iglesias locales cuando y donde tengan la oportunidad de hacerlo. Asimismo todos aquellos que son admitidos a los privilegios de una iglesia también están sujetos a la disciplina y el gobierno de la misma iglesia, conforme a la norma de Cristo.1 

1 1 Ts. 5:14; 2 Ts. 3:6, 14, 15; 1 Co. 5:9–13; He. 13:17 


13. Ningún miembro de iglesia, en base a alguna ofensa recibida, habiendo cumplido el deber requerido de él hacia la persona que le ha ofendido, debe perturbar el orden de la iglesia, o ausentarse de las reuniones de la iglesia o de la administración de ninguna de las ordenanzas en base a tal ofensa de cualquier otro miembro, sino que debe esperar en Cristo mientras prosigan las actuaciones de la iglesia.1 

1 Mt. 18:15–17; Ef. 4:2, 3; Col. 3:12–15; 1 Jn. 2:7–11, 18, 19; Ef. 4:2, 3; Mt. 28:20 


14. Puesto que cada iglesia, y todos sus miembros, están obligados a orar continuamente por el bien y la prosperidad de todas las iglesias de Cristo en todos los lugares, y en todas las ocasiones ayudar a cada una dentro de los límites de sus áreas y vocaciones, en el ejercicio de sus dones y virtudes,1 así las iglesias, cuando estén establecidas por la providencia de Dios de manera que puedan gozar de la oportunidad y el beneficio de ello,2 deben tener comunión entre sí, para su paz, crecimiento en amor y edificación mutua.3 

1 Jn. 13:34, 35; 17:11, 21–23; Ef. 4:11–16; 6:18; Sal. 122:6; Ro. 16:1–3; 3 Jn. 8–10 con 2 Jn. 5–11; Ro. 15:26; 2 Co. 8:1–4, 16–24; 9:12–15; Col. 2:1 con 1:3, 4, 7 y 4:7, 12
2 Gá. 1:2, 22; Col. 4:16; Ap. 1:4; Ro. 16:1, 2; 3 Jn. 8–10
3 1 Jn. 4:1–3 con 2 y 3 Juan; Ro. 16:1–3; 2 Co. 9:12–15; Jos. 22 


15. En casos de dificultades o diferencias respecto a la doctrina o el gobierno de la iglesia, en que bien las iglesias en general o bien una sola iglesia están concernidas en su paz, unión y edificación; o uno o varios miembros de una iglesia son dañados por procedimientos disciplinarios que no sean de acuerdo a la verdad y al orden, es conforme a la mente de Cristo que muchas iglesias que tengan comunión entre sí, se reúnan a través de sus representantes para considerar y dar su consejo sobre los asuntos en disputa, para informar a todas las iglesias concernidas.1 Sin embargo, a los representantes congregados no se les entrega ningún poder eclesiástico propiamente dicho ni jurisdicción sobre las iglesias mismas para ejercer disciplina sobre cualquiera de ellas o sus miembros, o para imponer sus decisiones sobre ellas o sus oficiales.2 

1 Gá. 2:2; Pr. 3:5–7; 12:15; 13:10
2 1 Co. 7:25, 36, 40; 2 Co. 1:24; 1 Jn. 4:1 



CAPÍTULO 27 


DE LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS 


1. Todos los santos que están unidos a Jesucristo,1 su cabeza, por su Espíritu y por la fe2 (aunque no por ello vengan a ser una persona con El3), participan en sus virtudes, padecimientos, muerte, resurrección y gloria;4 y, estando unidos unos a otros en amor, participan mutuamente de sus dones y virtudes,5 y están obligados al cumplimiento de tales deberes, públicos y privados, de manera ordenada, que conduzcan a su mutuo bien, tanto en el hombre interior como en el exterior.6 

1 Ef. 1:4; Jn. 17:2, 6; 2 Co. 5:21; Ro. 6:8; 8:17; 8:2; 1 Co. 6:17; 2 P. 1:4
2 Ef. 3:16, 17; Gá. 2:20; 2 Co. 3:17, 18
3 1 Co. 8:6; Col. 1:18, 19; 1 Ti. 6:15, 16; Is. 42:8; Sal. 45:7; He. 1:8, 9
4 1 Jn. 1:3; Jn. 1:16; 15:1–6; Ef. 2:4–6; Ro. 4:25; 6:1–6; Fil. 3:10; Col. 3:3, 4
5 Jn. 13:34, 35; 14:15; Ef. 4:15; 1 P. 4:10; Ro. 14:7, 8; 1 Co. 3:21–23; 12:7, 25–27 6 Ro. 1:12; 12:10–13; 1 Ts. 5:11, 14; 1 P. 3:8; 1 Jn. 3:17, 18; Gá. 6:10 


2. Los santos, por su profesión, están obligados a mantener entre sí un compañerismo y comunión santos en la adoración a Dios y en el cumplimiento de los otros servicios espirituales que tiendan a su edificación mutua,1 así como a socorrerse los unos a los otros en las cosas externas según sus posibilidades y necesidades.2 Según la norma del evangelio, aunque esta comunión deba ejercerse especialmente en las relaciones en que 

se encuentren, ya sea en las familias o en las iglesias,3 no obstante, debe extenderse, según Dios dé la oportunidad, a toda la familia de la fe, es decir, a todos los que en todas partes invocan el nombre del Señor Jesús.4 Sin embargo, su comunión mutua como santos no quita ni infringe el derecho o la propiedad que cada hombre tiene sobre sus bienes y posesiones.5 

  1. 1  He. 10:24, 25; 3:12, 13 
  2. 2  Hch. 11:29, 30; 2 Co. 8, 9; Gá. 2; Ro. 15 
  3. 3  1 Ti. 5:8, 16; Ef. 6:4; 1 Co. 12:27 
  4. 4  Hch. 11:29, 30; 2 Co. 8, 9; Gá. 2; 6:10; Ro. 15 
  5. 5  Hch. 5:4; Ef. 4:28; Ex. 20:15 



CAPÍTULO 28 


DEL BAUTISMO Y LA CENA DEL SEÑOR 


1. El bautismo y la Cena del Señor son ordenanzas que han sido positiva y soberanamente instituidas por el Señor Jesús, el único legislador,1 para que continúen en su Iglesia hasta el fin del mundo.2 

1 Mt. 28:19, 20; 1 Co. 11:24, 25
2 Mt. 28:18–20; Ro. 6:3, 4; 1 Co. 1:13–17; Gá. 3:27; Ef. 4:5; Col. 2:12; 1 P. 3:21; 1 Co. 11:26; Lc. 22:14–20 


2. Estas santas instituciones han de ser administradas solamente por aquellos que estén cualificados y llamados para ello, según la comisión de Cristo.1 

1 Mt. 24:45–51; Lc. 12:41–44; 1 Co. 4:1; Tit. 1:5–7 


CAPÍTULO 29 


DEL BAUTISMO 


1. El bautismo es una ordenanza del Nuevo Testamento instituida por Jesucristo, con el fin de ser para la persona bautizada una señal de su comunión con él en su muerte y resurrección, de estar injertado en él,1 de la remisión de pecados2 y de su entrega a Dios por medio de Jesucristo para vivir y andar en novedad de vida.3 

1 Ro. 6:3–5; Col. 2:12; Gá. 3:27 2 Mr. 1:4; Hch. 22:16
3 Ro. 6:4 


2. Los que realmente profesan arrepentimiento para con Dios y fe en nuestro Señor Jesucristo y obediencia a él son los únicos sujetos adecuados de esta ordenanza.1 

1 Mt. 3:1–12; Mr. 1:4–6; Lc. 3:3–6; Mt. 28:19, 20; Mr. 16:15, 16; Jn. 4:1, 2; 1 Co. 1:13–17; Hch. 2:37–41; 8:12, 13, 36–38; 9:18; 10:47, 48; 11:16; 15:9; 16:14, 15, 31–34; 18:8; 19:3–5; 22:16; Ro. 6:3, 4; Gá. 3:27; Col. 2:12; 1 P. 3:21; Jer. 31:31–34; Fil. 3:3; Jn. 1:12, 13; Mt. 21:43 


3. El elemento exterior que debe usarse en esta ordenanza es el agua, en la cual ha de ser bautizada1 la persona en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.2  

1 Mt. 3:11; Hch. 8:36, 38; 22:16 2 Mt. 28:18–20 


4. La inmersión de la persona en el agua es necesaria para la correcta administración de esta ordenanza.1 

1 2 R. 5:14; Sal. 69:2; Is. 21:4; Mr. 1:5, 8–9; Jn. 3:23; Hch. 8:38; Ro. 6:4; Col. 2:12; Mr. 7:3–4; 10:38– 39; Lc. 12:50; 1 Co. 10:1, 2; Mt. 3:11; Hch. 1:5, 8; 2:1–4, 17 



CAPÍTULO 30 


DE LA CENA DEL SEÑOR 


1. La Cena del Señor Jesús fue instituida por él la misma noche en que fue entregado,1 para que se observara en sus iglesias2 hasta el fin del mundo,3 para el recuerdo perpetuo y para la manifestación del sacrificio de sí mismo en su muerte,4 para confirmación de la fe de los creyentes en todos los beneficios de la misma,5 para su alimentación espiritual y crecimiento en él,6 para un mayor compromiso en todas las obligaciones que le deben a él,7 y para ser un vínculo y una prenda de su comunión con él y entre ellos mutuamente.8 

1 1 Co. 11:23–26; Mt. 26:20–26; Mr. 14:17–22; Lc. 22:19–23 2 Hch. 2:41, 42; 20:7; 1 Co. 11:17–22, 33, 34
3 Mr. 14:24, 25; Lc. 22:17–22; 1 Co. 11:24–26
4 1 Co. 11:24–26; Mt. 26:27, 28; Lc. 22:19, 20 

5 Ro. 4:11
6 Jn. 6:29, 35, 47–58 7 1 Co. 11:25
8 1 Co. 10:16, 17 


2. En esta ordenanza Cristo no es ofrecido a su Padre, ni se hace en absoluto ningún verdadero sacrificio para la remisión del pecado ni de los vivos ni de los muertos; sino que solamente es un memorial de aquel único ofrecimiento de sí mismo y por sí mismo en la cruz, una sola vez para siempre,1 y una ofrenda espiritual de toda la alabanza posible a Dios por el mismo.2 Así que el sacrificio papal de la misa, como ellos la llaman, es sumamente abominable e injurioso para con el sacrificio mismo de Cristo, la única propiciación por todos los pecados de los elegidos. 

1 Jn. 19:30; He. 9:25–28; 10:10–14; Lc. 22:19; 1 Co. 11:24, 25 2 Mt. 26:26, 27, 30 con He. 13:10–16 

3. El Señor Jesús, en esta ordenanza, ha designado a sus ministros para que oren y bendigan los elementos del pan y del vino, y que los aparten así del uso común para el uso sagrado; que tomen y partan el pan, y tomen la copa y (participando también ellos mismos) den ambos a los participantes.1 

1 1 Co. 11:23–26; Mt. 26:26–28; Mr. 14:24, 25; Lc. 22:19–22 


4. El negar la copa al pueblo,1 el adorar los elementos, el elevarlos o 

llevarlos de un lugar a otro para adorarlos y el guardarlos para cualquier pretendido uso religioso,2 es contrario a la naturaleza de esta ordenanza y a la institución de Cristo.3 

1 Mt. 26:27; Mr. 14:23; 1 Co. 11:25–28 2 Ex. 20:4, 5
3 Mt. 15:9 


5. Los elementos externos de esta ordenanza, debidamente separados para el uso ordenado por Cristo, tienen tal relación con él crucificado que en un sentido verdadero, aunque en términos figurativos, se llaman a veces por el nombre de las cosas que representan, a saber: el cuerpo y la sangre de Cristo;1 no obstante, en sustancia y en naturaleza, esos elementos siguen siendo verdadera y solamente pan y vino, como eran antes.2 

1 1 Co. 11:27; Mt. 26:26–28 2 1 Co. 11:26–28; Mt. 26:29 


6. Esa doctrina que sostiene un cambio de sustancia del pan y del vino en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo (llamada comúnmente transustanciación), por la consagración de un sacerdote, o de algún otro modo, es repugnante no solo a la Escritura1 sino también al sentido común y a la razón; echa abajo la naturaleza de la ordenanza; y ha sido y es la causa de muchísimas supersticiones y, además, de crasas idolatrías. 

1 Mt. 26:26–29; Lc. 24:36–43, 50–51; Jn. 1:14; 20:26–29; Hch. 1:9–11; 3:21; 1 Co. 11:24–26; Lc. 12:1; Ap. 1:20; Gn. 17:10–11; Ez. 37:11; Gn. 41:26–27 


7. Los que reciben dignamente esta ordenanza,1 participando externamente de los elementos visibles, también participan interiormente, por la fe, de una manera real y verdadera, aunque no carnal ni corporal, sino alimentándose espiritualmente de Cristo crucificado y recibiendo todos los beneficios de su muerte.2 El cuerpo y la sangre de Cristo no están entonces ni carnal ni corporal sino espiritualmente presentes en aquella ordenanza a la fe de los creyentes, tanto como los elementos mismos lo están para sus sentidos corporales.3 

1 1 Co. 11:28
2 Jn. 6:29, 35, 47–58 3 1 Co. 10:16 


8. Todos los ignorantes e impíos, no siendo aptos para gozar de la comunión con Cristo, son por tanto indignos de la mesa del Señor y, mientras permanezcan como tales, no pueden, sin pecar grandemente contra él, participar de estos sagrados misterios o ser admitidos a ellos;1 además, quienquiera que los reciba indignamente es culpable del cuerpo y la sangre del Señor, pues come y bebe juicio para sí.2 

1 Mt. 7:6; Ef. 4:17–24; 5:3–9; Ex. 20:7, 16; 1 Co. 5:9–13; 2 Jn. 10; Hch. 2:41, 42; 20:7; 1 Co. 11:17– 22, 33–34
2 1 Co. 11:20–22, 27–34 

CAPÍTULO 31 

DEL ESTADO DEL HOMBRE DESPUÉS DE LA MUERTE Y DE LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS 

1. Los cuerpos de los hombres vuelven al polvo después de la muerte y ven la corrupción,1 pero sus almas (que ni mueren ni duermen), teniendo una subsistencia inmortal, vuelven inmediatamente a Dios que las dio.2 Las almas de los justos, siendo entonces hechas perfectas en santidad, son recibidas en el Paraíso donde están con Cristo, y contemplan la faz de Dios en luz y gloria, esperando la plena redención de sus cuerpos.3 Las almas de los malvados son arrojadas al infierno, donde permanecen atormentadas y envueltas en densas tinieblas, reservadas para el juicio del gran día.4 Fuera de estos dos lugares para las almas separadas de sus cuerpos, la Escritura no reconoce ningún otro. 

1 Gn. 2:17; 3:19; Hch. 13:36; Ro. 5:12–21; 1 Co. 15:22
2 Gn. 2:7; Stg. 2:26; Mt. 10:28; Ec. 12:7
3 Sal. 23:6; 1 R. 8:27–49; Is. 63:15; 66:1; Lc. 23:43; Hch. 1:9–11; 3:21; 2 Co. 5:6–8; 12:2–4; Ef. 4:10; Fil. 1:21–23; He. 1:3; 4:14, 15; 6:20; 8:1; 9:24; 12:23; Ap. 6:9–11; 14:13; 20:4–6
4 Lc. 16:22–26; Hch. 1:25; 1 P. 3:19; 2 P. 2:9 


2. Los santos que se encuentren vivos en el último día no dormirán, sino que serán transformados,1 y todos los muertos serán resucitados2 con sus mismos cuerpos, y no con otros,3 aunque con diferentes cualidades,4 y estos serán unidos otra vez a sus almas para siempre.5 

1 1 Co. 15:50–53; 2 Co. 5:1–4; 1 Ts. 4:17
2 Dn. 12:2; Jn. 5:28, 29; Hch. 24:15
3 Job 19:26, 27; Jn. 5:28, 29; 1 Co. 15:35–38, 42–44 4 1 Co. 15:42–44, 52–54
5 Dn. 12:2; Mt. 25:46 


3. Los cuerpos de los injustos, por el poder de Cristo, serán resucitados para deshonra;1 los cuerpos de los justos, por su Espíritu,2 para honra,3 y serán hechos entonces semejantes al cuerpo glorioso de Cristo.4 

1 Dn. 12:2; Jn. 5:28, 29
2 Ro. 8:1, 11; 1 Co. 15:45; Gá. 6:8
3 1 Co. 15:42–49
4 Ro. 8:17, 29, 30; 1 Co. 15:20–23, 48, 49; Fil., 3:21; Col. 1:18; 3:4; 1 Jn. 3:2; Ap. 1:5 



CAPÍTULO 32 


DEL JUICIO FINAL 


1. Dios ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia por Jesucristo, a quien todo poder y juicio ha sido dado por el Padre.1 En aquel día, no solo los ángeles apóstatas serán juzgados,2 sino que también todas las personas que han vivido sobre la tierra comparecerán delante del tribunal 

de Cristo3 para dar cuenta de sus pensamientos, palabras y acciones, y para recibir conforme a lo que hayan hecho mientras estaban en el cuerpo, sea bueno o malo.4 

1 Hch. 17:31; Jn. 5:22, 27
2 1 Co. 6:3; Jud. 6
3 Mt. 16:27; 25:31–46; Hch. 17:30, 31; Ro. 2:6–16; 2 Ts. 1:5–10; 2 P. 3:1–13; Ap. 20:11–15 4 2 Co. 5:10; 1 Co. 4:5; Mt. 12:36 


2. El propósito de Dios al establecer este día es la manifestación de la gloria de su misericordia en la salvación eterna de los elegidos, y la de su justicia en la condenación eterna de los réprobos, que son malvados y desobedientes;1 pues entonces entrarán los justos a la vida eterna y recibirán la plenitud de gozo y gloria con recompensas eternas en la presencia del Señor; pero los malvados, que no conocen a Dios ni obedecen al evangelio de Jesucristo, serán arrojados al tormento eterno y castigados con eterna perdición, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder.2 

1 Ro. 9:22, 23
2 Mt. 18:8; 25:41, 46; 2 Ts. 1:9; He. 6:2; Jud. 6; Ap. 14:10, 11; Lc. 3:17; Mr. 9:43, 48; Mt. 3:12; 5:26; 13:41, 42; 24:51; 25:30 


3. Así como Cristo quiere que estemos ciertamente persuadidos de que habrá un día de juicio, tanto para disuadir a todos los hombres de pecar,1 como para el mayor consuelo de los piadosos en su adversidad;2 así también quiere que ese día sea desconocido para los hombres, para que se desprendan de toda seguridad carnal y estén siempre velando porque no saben a qué hora vendrá el Señor;3 y estén siempre preparados para decir: Ven, Señor Jesús; ven pronto.4 Amén. 

1 2 Co. 5:10–11
2 2 Ts. 1:5–7
3 Mr. 13:35–37; Lc. 12:35–40 4 Ap. 22:20 


                                      - Fin -


1689 Declaración de clausura de la confesión bautista y signatarios


Nosotros, los Ministros y Mensajeros de, y encargados de, más de cien iglesias bautistas, en Inglaterra y Gales (negando el Arminianismo), que se reunieron en Londres, a partir del día tercero del mes séptimo al día undécimo del mismo, 1689, para tener en cuenta algunas cosas que podrían ser para la gloria de Dios y el bien de estas congregaciones, han pensado en reunirse (para la satisfacción de todos los demás cristianos que difieren de nosotros en el tema del bautismo) para recomendar la lectura de la confesión de nuestra fe, la confesión que poseemos, ya que contiene la doctrina de la fe y la práctica, y deseando que los miembros de nuestras iglesias, respectivamente, se suscriban a sí mismos a la misma. 

Hansard Knollys, Pastor, Broken Wharf, London

William Kiffin, Pastor, Devonshire-square, London

John Harris, Pastor, Joiner's Hall, London

William Collins, Pastor, Petty France, London

Hurcules Collins, Pastor, Wapping, London

Robert Steed, Pastor, Broken Wharf, London

Leonard Harrison, Pastor, Limehouse, London

George Barret, Pastor, Mile End Green, London

Isaac Lamb, Pastor, Pennington-street, London

Richard Adams, Minister, Shad Thames, Southwark

Benjamin Keach, Pastor, Horse-lie-down, Southwark

Andrew Gifford, Pastor, Bristol, Frvars, Som. & Glouc.

Thomas Vaux, Pastor, Broadmead, Som. & Glouc.

Thomas Winnel, Pastor, Taunton, Som. & Glouc.

James Hitt, Preacher, Dalwood, Dorset

Richard Tidmarsh, Minister, Oxford City, Oxon

William Facey, Pastor, Reading, Berks

Samuel Buttall, Minister, Plymouth, Devon

Christopher Price, Minister, Abergayenny, Monmouth

Daniel Finch, Minister, Kingsworth, Herts

John Ball, Tiverton, Devon

Edmond White, Pastor, Evershall, Bedford

William Prichard, Pastor, Blaenau, Monmouth

Paul Fruin, Minister, Warwick, Warwick

Richard Ring, Pastor, Southhampton, Hants

John Tomkins, Minister, Abingdon, Berks

Toby Willes, Pastor, Bridgewater, Somerset

John Carter, Steventon, Bedford

James Webb, Devizes, Wilts

Richard Sutton, Pastor, Tring, Herts

Robert Knight, Pastor, Stukeley, Bucks

Edward Price, Pastor, Hereford City, Hereford

William Phipps, Pastor, Exon, Devon

William Hawkins, Pastor, Dimmock, Gloucester

Samuel Ewer, Pastor, Hemstead, Herts

Edward Man, Pastor, Houndsditch, London

Charles Archer, Pastor, Hock-Norton, Oxon


En el nombre y por cuenta de toda la asamblea. 


Breve Reseña de la Confesión Bautista de fe de 1689


La Confesión Bautista de Fe de 1689 es un resumen de las principales creencias cristianas de la Reforma protestante. Esta declaración ha sido formulada hace años atrás por las congregaciones bautistas particulares alrededor del mundo.


En 1677 se reunieron representantes de las Iglesias Bautistas Particulares de Inglaterra y Gales, donde se aprobó y publicó una confesión inspirada en la Confesión de Westminster. Esta declaración se lanzó en anonimato debido a los tiempos de persecución que se vivían.


Años después, en 1689, cuando se decretó la Ley de Tolerancia, se hizo una reunión general de bautistas en Londres, donde se reunieron delegados de ciento siete congregaciones. Allí se realizaron actualizaciones a la anterior declaración Bautista. Se adoptó en las Iglesias Bautistas Particulares la Confesión Bautista de Londres de 1689, que ha llegado a ser una de las declaraciones más importantes de la fe evangélica. 


En La Escuela de Evangelismo nos adherimos a esta Confesión.

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